saltar al contenido
← rincón
§05

La topología de un calcetín

1 de enero de 2023· 4 min de lectura

Era un hombre de costumbres. Realmente él no lo llamaría costumbres. Él diría más bien que era «un hombre de eventualidades aleatorias que se repetían sin un plan previo». En fin, que era un hombre de esos.

Se encontraba tomando un lahmacun solo carne mixto y salsa. Con bien de ella, porque era un sitio de esos donde te dejan los botes en la mesa. Le iba a salir el lahmacun por un ojo de la cara porque era un local de kebab fancy en plena calle Atocha al que era la segunda vez que iba.

Para él dos veces de algo y eso ya se podía convertir en una costumbre. Porque con dos veces sabía si eso se iba a convertir en un evento aleatorio que terminaría por volver a suceder sin un plan previo.

Se encontraba, decía, en aquel kebab pensando en el último año, sin saber muy bien cómo hacerlo.

Qué pensar.

Habían sucedido muchas cosas. Había cambiado tanto que parecía nada. Como si se hubiese dado la vuelta a un calcetín que estaba por la parte fea y ahora luciese un dibujo de unos zorros igual al de aquel par que se había comprado hacía unos meses y que ya se lo habían robado.

Había cambiado mucho sin cambiar nada.

Había pasado de ser un simple trozo de tela con unos hilos de colores sin apenas sentido formando una imagen desdibujada, a encontrar la nitidez y la forma, los trazos y los colores.

Se pensaba calcetín y sonreía. Él era ese calcetín que siempre se perdía. Ese que un día, en vez de meterse, asustado, dentro del edredón al entrar en la lavadora para estar a salvo durante la colada, se perdió. Se escabulló. Se metió debajo de un sofá. Esperó a que te fueras a dormir y salió por la puerta para nunca más saber de él.

Lo pasó mal.

La vida exterior es peligrosa para un calcetín.

Acabó dando tumbos por las calles, ahogado en charcos inmundos que le quemaban por dentro. Tuvo frío aunque nunca se abrigó demasiado, pues, cuando llegaba el frío, encontraba siempre casas donde guarecerse del invierno. Entonces, se colaba en la lavadora solo para volver a sentir el abrazo del edredón. Y dormía calentito a los pies de una chica que no sabía de dónde salía ese calcetín.

En fin, que había sucedido mucho en el último año y no se había sentado a decírselo. Que podía sentarse y respirar por un momento.

El kebab había estado buenísimo, pensaba, sintiendo el botón del pantalón. Quizá el mejor de lo que llevamos de año. Ah, sí. Había pasado un año, es verdad.

Había pasado otro año y ya no se acordaba de la última vez que se dio cuenta de que había pasado tiempo.

En su memoria prácticamente no había recuerdos. El aire del pasado estaba tan espeso y denso que desaturaba lo vivido. Recuerdo que una vez dijo:

Vivo como si mirase
a través de un agujero pequeño
y viese una pantalla
de un televisor de tubo
con la saturación al mínimo,
el volumen apenas audible
y con personajes
que se mueven delante de mí,
desenfocados,
sin saber distinguir
si son personas
o meros espectadores
del juego de mi vida.

Creo que el problema es que él siempre se vio a sí mismo en tercera persona. Siempre desde fuera, siempre juzgando sus actos. Autoengañándose de que él no manejaba sus propios hilos para autosabotearse y poder seguir así: como un calcetín en un programa con centrifugado.

Un día decidió ir a que le remendasen los tomates, que le pusieran unos pespuntes, a darse un lavado con suavizante y a comprar un kit de costura que le acompañaría desde entonces para intentar remendarse antes de dejar de ser una superficie topológicamente cerrada y tener un agujero.

Se hizo gracia a sí mismo por el chiste. A veces se sorprendía a sí mismo siéndose gracioso. Nunca terminaría por creérselo. Al igual que muchas otras cosas.

En el kebab estaban barriendo ya. Se hacía tarde.

Pensó en lo que acababa de suceder antes de entrar en el kebab. Posiblemente haya sido un hecho intrascendente, pero que se ha repetido por segunda vez. Y aunque no llegase a hacerse costumbre, a él le ha hecho pensar en lo diferente que se sentía sin que hubiera cambiado nada más que ponerse del revés. Eso ya es bastante.

Dejó de escribir.